Camino del Rocío

Como ocurre cada sábado, el artículo de periodicorociero.es está dedicado a rescatar de otros tiempos artículos que fueron escritos para contar algo sobre el Rocío. Hoy publicamos uno de Fray Sebastián de Villaviciosa, que con el título “Camino del Rocío”, salió en la Revista Rocío en marzo de 1962.
Nuestro más sincero agradecimiento a Antonio Díaz de la Serna, colaborador de nuestras páginas.


Para valorar las riquezas materiales de los pueblos, se movilizan toda una serie de señores economistas y agrimensores, que miden y calculan, resumiendo sus estudios en el trazado de un mapa. El último peso y la postrer medida de los valores humanos es Dios, y ante sus ojos, algo pesan, pero muy poco, las riquezas materiales, resaltando sobre todo los bienes divinos de los que también tienen alzado el mapa los ángeles economistas del Reino de los Cielos.

En el Sur de España, sobre las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, un círculo de oro perfila el gran imperio rociero, glorioso si los hay en el mundo, por los bienes divinos que reporta a las almas en la tarea de su salvación. En el centro de tan divino mapa, un águila bicéfala señala su capital: Almonte; banderas imperiales de Simpecados ondean sobre los pueblos donde la Blanca Paloma reina con dominio absoluto, y flores de Lis nos cuentan los pueblos donde tiene devotos: media Andalucía.

Ambición de todos los imperios humanos fue siempre la de ensanchar sus dominios materiales, alcanzándolo casi siempre por la guerra o el engaño. También la ambición del imperio rociero es la de extender los dominios espirituales de su Virgen, pero qué diferencia para conseguirlo: batiendo en brecha a los pueblos que no le pertenece, disparando sobre sus torres y murallas la graciosa artillería de la hermosura de la Blanca Paloma, su misericordia sin fin, y la gracia estrepitosa de su Rocío.

Los entusiasmos que la Virgen del Rocío sabe despertar en sus devotos, se parecen a miles de fuentes manando sin cesar aguas de santos deseos, contenidos en los embalses de las necesidades de la vida: el tener las criaturas que vivir en sus pueblos al yunque de las diarias obligaciones. No bien se acabó el Rocío Grande para unos, el Chico para otros, ya tenemos a los devotos de la Virgen venga a manar deseos de volver al lugar de sus amores divinos; deseos que van creciendo en intensidad irresistible a medida que se acercan las fechas memorables, y que se alborotan los días cuando los tamborileros aparecen en los pueblos, teniendo los ángeles rocieros que reforzar los muros de contención.

Hasta que el Espíritu Santo suena la hora con su Pentecostés luminoso, y abiertas por los ángeles las compuertas que contenía tan divinas ansias, se desbordan por los campos floridos del Aljarafe y el Condado como aguas rumorosas y multicolores, corriendo por los diversos cauces que llevan a la ermita, y saltando como fuente luminosa a los pies benditos de la Reina de las Marismas. El Aljarafe, el Condado y el coto de Doñana, son los puentes de flores que la devoción rociera ha tendido sobre el Rocío.

Ruidos de motores enmarca señalan el volar de camiones adornados con signos rocieros. El estallido de los vivas, el ruido de las palmas, el alboroto de las coplas, son como trallazos de alegría que despiertan a los pueblos dormidos, sacándolos a las ventanas y dejándoles el sabor de un toque de diana en el leve floreo de un minuto.

Las Hermandades se acercan despacio, a paso de bueyes, en devoción serena, anunciando su llegada a los pueblos con el lírico sonar del tamboril, llamando a sus puertas, pidiendo las llaves, y pasando con lentitud de cortejo que deja la emoción de lo alegre y armonioso. La nota más alegre y devota la prende el Simpecado.

En las antiguas hermandades marianas el Simpecado fue como grito de combate por la Concepción Inmaculada de la Virgen; en las hermandades rocieras es más, porque tiene el significado de santa alianza y esclavitud amorosa. Imposible contemplar un simpecado rociero sin que salte al pensamiento la Imagen bendita que conmemora, sin que el alma se ponga de rodillas y renueve las promesas de su bautismo rociero: las promesas de querer y servir a la Reina de las Marismas más allá de la muerte.

Los simpecados tienen la razón de calmantes para el sufrir de ausencia, la razón de alianza entre la Blanca Paloma y sus devotos, porque fueron confirmados al fuego de Pentecostés en las fiestas del Rocío Grande, cuando al pasar la Virgen en procesión de despedida por el Real los acercamos a su trono y Ella los bendijo y llenó de gracia. Por eso la auténtica y primitiva liturgia del Rocío imponía Simpecados, recuerdos que despierten la Imagen benditísima, al ser imposible reproducirla siquiera en sombras que se le parezcan.

Porque la devoción rociera adivina a la Blanca Paloma oculta en sus Simpecados, el rezarle al pasar como si pasara Ella, con esa confianza y ese salero con que el pueblo andaluz sabe rezarle a la Virgen. El apasionado devoto de la Blanca Paloma, Muñoz y Pabón, recoge en su libro sobre el Rocío ese hablarle al Simpecado como a la misma Virgen:

¡Que remadre eres, Mare mía del Rocío! Que el Señor te pague el milagro tan grandísimo que me has hecho; porque Tú has sío quien me lo has puesto bueno cuando el alma mía estaba ya casi dando las boqueás.

¡Mare mía del Rocío!, mi Manué, que Tú sabes que está sirviendo al rey. Aunque se lo tengo encomendado al Cristo de la Vera Cruz, cuatro ojos ven más que dos.


Y tras las súplicas, los encargos a los que van:

Mujer, por Dios, hazme el favor de llevarles estas velas a la Virgen, que se las prometí cuando a mi Rocío le dio aquel dolor que berreaba, y ninguna medicina se lo quitó, hasta que se lo pedimos a esa Blanca Paloma de mi alma.

Toma este duro, Mercedes, pa que, me traigas una cinta de la medía de la Virgen, que la que teníamos se la llevó a la tierra la pobrecita mi Dolores y a lo mejor se ocurre cualquier cosa mala.


Y así pasa la carreta del Simpecado camino del Rocío, en un auténtico arrastre de corazones, sin dejar uno sano, por un paisaje de ensueño que por divino privilegio es igual al que vieron los ojos de la Blanca Paloma cuando vivió en la tierra: de palmeras, viñas, olivos, higueras, granados, zarzas y romeros; entre ruidosas explosiones de entusiasmo, repiques de campanas, y estallar de cohetes, y coplas gitanas:

Mare mía del Rocío,
vara de nardos,
que no quiero quedarme
pa vestir santos.
Búscame un novio,
y que me case a escape
don José Arroyo.


Fray Sebastián de Villaviciosa