Cuántas veces me pregunto…

“Cuántas veces me pregunto,
por qué te llevo tan dentro,
si mi niñez nunca tuvo
un ambiente rociero.
Nunca te vi en el camino,
nunca pisé tus arenas,
ni descansé bajo un pino,
ni dormí con las estrellas.
Gracias, Dios mío,
por darme lo que he soñao,
que de herencia no ha venío:
tenerte siempre en mis labios,
Virgen Santa del Rocío”.


Seguramente todos conocéis esta sevillana. No es mía, pero me describe perfectamente. Por eso, cuando se es “rociera de adopción”, cuando nunca has hecho el camino ni has estado en la Romería, cuando tus visitas a la Virgen son en un día cualquiera del año, cuando no tienes vivencias, como tenéis todos los que sí habéis conocido todo ésto, te sientes indigna y a la vez privilegiada de poder ser la autora de un artículo.

¿Con qué sueño? Con lo que soñó Juan Pablo II, cuando te vio por primera vez, Madre mía: “Que todo el mundo sea rociero”. Ese es mi sueño, porque eso significará tratar de ser buen cristiano todos los días del año, querer compartir todo con el de al lado, abrir las puertas de mi corazón al que me necesite, pedir perdón a tu Hijo, cada vez que le ofenda, y aceptar el perdón que me ofrecen sin guardar nunca rencores: perdonar y olvidar; vivir en gracia de Dios, sabiendo que allí donde yo esté, Tú estarás conmigo para protegerme, más que mi madre de la tierra… No sé, son tantas cosas… que no caben en estas líneas.

Termino ya con unos versos que escribí hace unos años y que siguen siendo un sueño, pero que algún día se harán realidad, seguro.

Nunca, nunca te veré
con tu traje de Pastora
pasear por la marisma,
hasta que llegue la aurora.

Nunca verán mis ojos
tus negros tirabuzones,
tus flores en el sombrero,
tu cara de terciopelo.

Nunca aspiraré el aroma
de las salvas de escopeta,
ni caminaré a tu lao
a la luz de las estrellas.

Nunca, nunca gritaré:
¡Viva esa Blanca Paloma!
¡Viva mi Madre del cielo,
Rocío, Reina y Señora!

Pero nunca dejaré
de llevarte en mis adentros
de cantarte, de rezarte,
de decirte que te quiero.

Y jamás mortal alguno
podrá negar que yo he “sío”
rociera de verdad:
¡eso nunca, Rocío!